Reventar caballos
Reventar caballos
Se dice de aquella técnica que consiste en usar un número determinado de caballos para –reventándolos- llegar a algún lugar recóndito en tiempo récord.
Hoy en día, veo todos los días esta técnica utilizada con lo que yo denomino personas aunque otros lo consideran simplemente números. Este ya no rinde y no ha mejorado su productividad, por tanto no se le renueva; aquella no es productiva, con las horas que trabaja no saca provecho; este el fin de semana tuvo malos números, no puede ser...
Me siento como el “cochero” que guía los caballos. Recibo diariamente el sonoro flagelo de “mi amo” que exige más y más y quiere que yo use la vara con el caballo diariamente y con profusión mientras su látigo restalla sobre mi espalda sin descanso.
Yo estimo a mis “caballos” como estimo mi propia integridad física y mental, por eso reacciono mostrando los dientes ante esa muestra de moderna esclavitud. No muerdo todavía porque necesito trabajar pero me revuelvo y gruño porque no me gusta. Necesito sentirme como una persona que trata con otras personas. Hoy en día eso es un lujo.
Veo a mi entorno desmotivado y crispado. Todos marcados, agotados, de mal humor. Y mientras tanto, siguen las promesas incumplidas, los concursitos presuntamente motivadores y las falsas sonrisas de quien no te traga pero –por política de empresa- debe trabajar contigo.
Toda esta tensión externa e interna se refleja en las caras, enseño los dientes y empiezo a notar el sabor amargo de la espuma en mi boca. Y aún preguntan por qué nos quejamos...
Ah! Y no se arregla con unos disfraces, una merienda o una bufanda de merchandising. No somos cobayas, es un poquito más profundo.
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