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Motor

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Sé por experiencia propia que el motor que nos mueve son las ganas. Si tienes ganas, si te sientes motivado, trabajas, rindes, colaboras, ayudas, concretas, apoyas, mueves, piensas en positivo, creas, desarrollas, cultivas, amplias. Ya sea a nivel laboral, personal o familiar. Pero si en el carburador de tu alma entra la carbonilla del desánimo, anida la mugre del desaliento o se pega el desconsuelo a las juntas, el motor no se para pero ralentiza el movimiento y baja en prestaciones. Se echa en falta la vitalidad, el empuje necesario para abarcar en condiciones cualquier proyecto. Por eso es tan importante saber motivar(se). Con motivación podemos con lo que se nos ponga por delante aunque sea duro, largo o difícil. Sin motivación, funcionamos sin convicción, a medio gas y el rendimiento es gris y anodino. En este contexto es donde el equipo juega un papel fundamental. Si el equipo cree, se distribuye, se prodiga en ayudas y asiste a sus miembros, los engranajes se lubrican y gir...

CONFIANZA

Después de pasar por un proceso de paro forzoso, demasiado largo aunque utilizado también para limpiar de telarañas negativas la mente y el espíritu, la autoestima suele resentirse. Por mucho que uno intente evitarlo, baja la autoconfianza, sube el temor a equivocarse y las pocas oportunidades que llegan pueden aparecer como lejanos oasis que si no fructifican supondrán una muerte segura en el desierto de la inacción. Por eso cuando aparece la figura de esa persona que te aporta confianza, que te da apoyo y confía en tu saber y tu saber hacer, renace el espíritu positivo y el alma arrugada por las contrariedades revive, vuelve a respirar y re-aprende a sonreír. Es increíble lo que otras personas pueden causar en la moral de uno, para bien y para mal. Pero hoy me centro en los espíritus benefactores, aquellos que ayudan, apoyan y creen. Gràcies, Cristina, per creure en mi.