Me enamoré de Galicia

 


Me enamoré de Galicia en 1997. Hice una ruta itinerante cruzando de norte a sur, desde Ribadeo hasta Tui, buscando faros, recorriendo la Costa da Morte y estableciendo campos-base en campings desde donde hacíamos rutas en el ZX de mi hermano. Estaca de Bares, camping Monte Cabo, Redondela, Camariñas, Faro Touriñán o Fisterra quedaron prendidos en la retina y el cerebelo como lugares a recordar.

Incluso visitamos un Vilariño en Pontevedra, un Villarino de Conso en Ourense y un Vilarinho da Mo en el norte de Portugal. Como anécdota de esa búsqueda, llegando al Villarino orensano, un camión nos hizo señas para detenernos y la pregunta todavía nos causa hilaridad: “¿Por favor, para ir a Villarino?” Aunque yo iba conduciendo, estuve a punto de mostrarle mi carnet de identidad para decirle que había localizado su destino.

De ese viaje de soltero, con sus excesos, hubo una semilla que, de momento, guardó recuerdos. Después, esos recuerdos florecieron y me incitaron a repetir experiencias en viajes posteriores con familia. Otros dos viajes itinerantes en 2009 y 2019, con más experiencias a guardar en la mochila, como un temporal en el camping Monte Cabo, cerca de la isla de A Toxa, que nos rompió el palo de una tienda de campaña y nos obligó a desmontar con un palmo de agua y guardar la tienda empapada y sin doblar en el coche camino de Fisterra donde pernoctamos de urgencia en un hotel para poder dormir secos. En aquella ocasión iba con Deyis y David.

Una década después, con Maite y Oriol hicimos otra ruta nómada donde establecíamos puntos de descanso y nos movíamos buscando aquellos paisajes que cuando los contemplas se te escapa un “oh!” de admiración. De ese viaje recuerdo mucho el vendaval y las olas en el faro que hay cerca de Muxía.

Durante los viajes he ido descubriendo las bondades de esta tierra. Gastronómicas (Déu-n’hi-do lo bien que se come y se bebe aquí), climáticas y paisajísticas. Con la madurez he ido valorando cómo le sientan a mi espíritu y lo que me relajan, me agradan y me llenan.

El último descubrimiento del que he sido consciente es lo bien que me sientan determinados lugares y paisajes. Estaca de Bares, Cabo Ortegal y Os Aguillóns, los acantilados y el mar abierto con marejadilla, robles, castaños y eucaliptos rodeando los caminos…

Y la temperatura; Creo que en los últimos años, con el marcado cambio climático a mucho más caluroso, se ha acentuado aquella máxima que suelo repetir: en verano, siempre en dirección norte. Y así, he repetido, en 2022, atraído por Maite a un tramo del Camino de Santiago francés, experiencia espectacular; en 2023, con una visita inesperada a Lugo por enfermedad de Maite y en 2024, con una semana en La Coruña donde ya empezamos a madurar una idea. Buscar casa de verano en Galicia.

Y poder estar en plena canícula en una horquilla de 19/20 a 24/25 grados, con sus mañanas frescas y sus noches en que se duerme de maravilla y cuando a veces hasta te tapas con una sábana, vale un potosí.

Finalmente, en 2026, encontramos un lugar encantador con una opción de compra. Los ideales y los sueños conjuntos con Maite fructificaron y vencieron a los miedos. Cedeira, en la costa Ártabra. Lejos de todo, mágico y todavía solitario, un pequeño paraíso que atrae y captura. Aquí todavía es posible perderse entre carreteras solitarias y visitar Cabo Ortegal sin empujones.

Estoy disfrutando de casi tres semanas de paz, de temperaturas ideales y un entorno amable y espectacular.

Proyecto de futuro, cuando me jubile, pasar los veranos aquí tan largos como sea necesario. Ojalá pudiera ser ahora mismo.

 


Cedeira (del tríptico de la oficina de turismo de la localidad):

Agochada entre o mar e a montaña e con poderosos cantís, existe una terra que enamora e encanta a todo aquel que a alcanza: Cedeira.


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